¿Qué es el conocimiento propio?
Según Teresa, el fundamento de nuestra dignidad, está en que
hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios (Cfr. 1M 1,1), pero además de
ello en que estamos habitados en lo interior por la presencia misma de Dios.
Descubrirnos habitados es una consigna teresiana de las más hermosas y
profundas; es un principio fundamental en su doctrina. Teresa irá haciendo este
descubrimiento trinitario progresivamente.
A nivel general, el primer peldaño de tal descubrimiento fue
lo experimentado en la oración de recogimiento: “Acaecíame en esta
representación que hacía de ponerme cabe Cristo, que he dicho, y aun algunas
veces leyendo, venirme a deshora un sentimiento de la presencia de Dios que en
ninguna manera podía dudar que estaba dentro de mí, o yo toda engolfada en él”
(V 10,1).
Veamos otros textos que nos ayudarán a tomar conciencia de
ese descubrimiento progresivo: Ubicados en el capítulo final de su
autobiografía, encontramos el texto famoso de la conciencia teresiana
plenificada en torno al misterio de Jesucristo: “Estando una vez en las
horas con todas, de presto se recogió mi alma y parecióme ser como un espejo
claro toda, sin haber espaldas, ni lados, ni alto, ni bajo que no estuviese
toda clara, y en el centro de ella se me representó Cristo nuestro Señor, como
le suelo ver, parecíame en todas las partes de mi alma le veía claro como un
espejo, y también este espejo (yo no sé decir cómo) se esculpía todo en el
mismo Señor por una comunicación que yo no sabré decir, muy amorosa.” (V
40,5).
Ese descubrimiento progresivo de ser y sentirse habitada,
será el inicio también de la obra culmen teresiana conocida como Moradas del
Castillo Interior: “considerar nuestra alma como un castillo todo de un
diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo
hay muchas moradas (Jn 14,2)…, no hallo yo cosa con qué comparar la gran
hermosura de un alma y la gran capacidad; y verdaderamente apenas deben llegar
nuestros entendimientos, por agudos que fuesen, a comprenderla.” (1M 1,1).
Acentúa la Santa, como en el centro del alma está la morada
principal que es donde habita el mismo Señor: “Pues consideremos que este
castillo tiene, como he dicho, muchas moradas: unas en lo alto, otras en bajo,
otras a los lados; y en el centro y mitad de todas éstas tiene la más
principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma.”
(1M 1,3).
Pero esto no es solo representación o una consideración
devota del orante, es la tangible realidad asumida desde la fe y manifestada en
la gracia del matrimonio espiritual: “por cierta manera de representación de
la verdad, se le muestra la Santísima Trinidad, todas tres personas, con una
inflamación que primero viene a su espíritu a manera de una nube de grandísima
claridad, y estas personas distintas, y por una noticia admirable que le da al
alma, entiende con grandísima verdad ser todas tres personas una sustancia y un
poder y un saber y un solo Dios; de manera que lo que tenemos por fe, allí lo
entiende el alma, podemos decir, por vista, aunque no es vista con los ojos del
cuerpo ni del alma, porque no es visión imaginaria.” (7M 1, 6).
Creerse y sentirse habitados por la Santísima Trinidad es la
buena nueva teresiana, el orante es capaz de Dios, la misma divinidad habita en
él. Considerarse así hace crecer al orante en su dimensión de creyente, así
mismo en su visión antropológica y como consecuencia lógica en el conocimiento
propio: “Estaba una vez recogida con esta compañía que traigo siempre en el
alma, y parecióme estar Dios de manera en ella, que me acordé de cuando San
Pedro dijo: “Tú eres Cristo, hijo de Dios vivo” (Mt 16,16);
Porque así estaba Dios vivo en mi alma. Esto no es como
otras visiones, porque lleva fuerza con la fe, de manera que no se puede dudar
que está la Trinidad por presencia y por potencia y esencia en nuestras almas.
Es cosa de grandísimo provecho entender esta verdad. Y como estaba espantada de
ver tanta majestad en cosa tan baja como mi alma, entendí: No es baja, hija,
pues está hecha a mi imagen” (CC 41, 1-2 o R 54).
Considerados dignos, hijos de Dios, amados entrañablemente
por el Padre, se descubre finalmente que Dios ha querido agraciar la condición
humana y así como en la naturaleza encontramos rastros tangibles del creador,
así también en cada persona Dios ha puesto atributos, dones, cualidades que
hacen descubrir que hay un Dios que verdaderamente ama a sus criaturas. Esos
dones y talentos recibidos son también parte integral del conocimiento propio.
Fuente:
Fray Oswaldo Escobar. OCD Conocimiento Propio según Santa Teresa de Jesús
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